No hubo remontada ante el América, esto es Cruz Azul.

Si en las horas previas la esperanza fiel y la imaginación afiebrada de los celestes apelaban a la posibilidad de revertir un 3-1 de la ida, la realidad y una historia brumosa les recordó que hay algo más profundo que tiene un reflejo en las estadísticas.

Porque el 1-0 con el que ganó el domingo La Máquina en el juego de vuelta no sirvió para revertir una larga memoria de fracasos. Le faltó un gol que no llegó y América pasó a las semifinales del Torneo Clausura 2019 con global de 3-2.

No invocaron a la gesta, sino al milagro. La larga estela negativa de La Máquina no les ofrecía demasiadas certezas a los aficionados celestes, fieles como pocos, pero cada vez más cerca del hartazgo.

Si en el duelo de ida volvieron a recordar todos esos fracasos ante América y a buscar explicaciones en la estadística hueca o la sicología del miedo, en este encuentro iban inspirados por la ola de remontadas que dieron la vuelta al mundo en esta semana.

El marcador de 3-1 obligaba a los celestes a buscar dos tantos sin recibir a cambio. Por eso salieron a proponer un juego delirante, desbocado al área americanista, pero que más allá del ímpetu generó pocas opciones claras mientras el reloj se los comía.

La desesperación encontró como destino al delantero Jonathan Rodríguez, quien con angustia recibía pelotas que le caían del cielo y no encontraban otra solución que el desperdicio.

Tres oportunidades invaluables cuando La Máquina necesitaba ese empujón de ánimo que dan los goles, pero las tres fueron arruinadas de maneras increíbles por el uruguayo.

El buen ánimo del equipo celeste empujaba al área rival; la mala fortuna de los azules hacía que todas llegaran al mismo nervioso atacante.

Orbelín Pineda estuvo a punto de lograr lo que los delanteros no conseguían. Disparó una elipse que parecía una joya de balística, pero la reacción de Agustín Marchesín fue asombrosa y alcanzó a manotear y a rasguñar la pelota para mandarla encima del larguero.

De pronto todo se descompuso, en la acción previa hubo un choque de cabezas entre Guido Rodríguez e Igor Lichnovsky; el americanista quedó tendido en el pasto, mientras los celestes amenazaron el arco.

El técnico Miguel Herrera reclamó hecho una furia la falta de juego limpio por el futbolista caído, se hizo de palabras con su par, el portugués Pedro Caixinha, y empezaron a manotearse de tal forma que fue necesaria la intervención de sus bancas para contener la gresca.

El intermedio fue más para bajar la tensión que para reformular las estrategias. A Cruz Azul también le sirvió para aclarar las ideas; a las Águilas para replantearse lo que hacían en la cancha, pues en el primer tiempo no armaron ninguna llegada de peligro.

Al volver, La Máquina funcionó por fin. Y Rodríguez también, como si se sacudiera los temores recibió de espalda al arco, en la media luna, se dio la vuelta, enfiló al área y prendió la pelota con furia directo a las redes para reivindicar todo lo que había fallado y darle nuevos bríos a su equipo y a su afición.

América recibió lo que había dejado crecer. Ahora la presión a la contra: otro gol podía aniquilarlo.

Apenas al minuto 49 llegó el primer remate a gol de las Águilas con Mateus Uribe. Antes sólo eran unos avaros que especulaban con su aparente riqueza de tres tantos cosechados en la ida. Una fortuna que parecía en riesgo de esfumarse ante la ambición de los celestes.

Miguel Herrera parecía en aprietos. Sacó a Nicolás Castillo, quien salió abucheado por la escasa presencia en la cancha, para meter a un veterano de pulso firme y de vocación guerrera como Oribe Peralta para tratar de revertir la pasividad de los de Coapa.

El ritmo que beneficiaba a los azules se extinguió. El juego se volvió espeso, con menos vértigo, lo que permitió a los americanistas meterse un poco a la disputa. La Máquina parecía otra vez muy lejos de conseguir el milagro.

En los últimos minutos regresó y rondó la épica. En un remate de cabeza tras un tiro de esquina la pelota estuvo a punto de atravesar la línea de gol, pero Marchesín temblando se quedó con el balón.

No llegó ese tanto urgente para los celestes, ese con el que se sacudirían una deuda histórica. Rompieron una racha de 15 partidos sin vencer a las Águilas, pero están cerca de cumplir 22 años sin lograr un título de liga.

América, en cambio, con poco volvió a endosarles una nueva raya para el oprobio al eliminarlos. Eso cambiará, piensan los aficionados del Cruz Azul, pero no esta noche. No esta noche.

Caixinha llegó a la conferencia con pesar evidente. Se aclaró la garganta con agua, distante. Perdí por 3-2, me voy a casa, pero con un equipo que me deja satisfecho, que se ha ganado el respeto.

Es consecuencia del trabajo para llegar aquí, no nos alcanzó para pasar a semifinales, pero sí ganar una imagen. Sabemos lo que queremos y eso a veces es mejor que un pase. No descansaremos hasta llegar al título y hoy sabemos que cada vez estamos más cerca.

Sobre las críticas que recibieron los jugadores el sábado en la entrada de La Noria, dijo que estaban pagadas. Si hay gente que por unos pesos cobra una vida, ¿acaso no hay alguien dispuesto a ir con unas mantas?, señaló el portugués; no sé quién paga, pero es raro que lleguen con tres o cuatro cámaras.

Herrera, en cambio, parecía tranquilo con el resultado, aunque reconoció que el equipo debe mejorar. No hicimos un buen primer tiempo, aceptó; “recibimos un gol muy temprano, a partir de ahí empezamos a generar jugadas.

Ganamos en 180 minutos, advirtió; “avanzamos ganando, no por posición de tabla, fue difícil, sí; nos faltó llegar al arco rival y mayor contundencia.

Ellos tenían que arriesgarse, pero el equipo los contuvo, rescató del juego. Sobre el conato que tuvo con Caixinha no quiso explicar lo que ocurrió. Se queda en la cancha.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here