Agnès Giard es una antropóloga especializada en la sexualidad y en la cultura japonesa. Desde hace años ha investigado la manera en que los japoneses construyen sus afectos, y lo incomprensibles que sus relaciones amorosas resultan para los occidentales.
En su nuevo libro Un désir d’humain: Les love doll au Japon («Un deseo de humano: las Love Doll en Japón») Giard ha encontrado la clave para explicar ese abismo que separa la sexualidad de orientales y occidentales. PLAYGORUND.- Al igual que Churchill, Stalin y Truman no fueron capaces de entender la mente militar del pueblo nipón, hay un significativo fenómeno amoroso de su cultura que hasta ahora también nos ha costado comprender: las
«Love Dolls».
Las «Love Dolls» son muñecas de silicona a tamaño real con las cuales los japoneses establecen complejas relaciones no solo sexuales, sino afectivas, y que no deben confundirse con las muñecas hinchables, mucho más baratas, sencillas y menos realistas.
Uno de los puntos fundamentales del ensayo de Agnès Giard es precisamente este: mientras que en EEUU las muñecas de silicona son llamadas Sex Dolls porque valen únicamente para tener sexo con ellas, en Japón se las conoce como Love Dolls.
Y es que los fabricantes de muñecas japonesas buscan que sus clientes respeten a las muñecas y tengan con ellas algo más que sexo. Por ello, empresas como Orient Industry no permiten que sus criaturas sean penetradas por la boca, y las fabrican con vaginas intercambiables y partes móviles para que cada una se ajuste cómodamente a su comprador.





