EL PAÍS.- Jaden Smith está sentado en una habitación de un hotel de lujo de Londres, con las piernas sobre una mesa de café y el cuerpo echado hacia fuera del respaldo. Si no fuera por su cara de apatía, parecería que está esperando a las inminentes instrucciones de un fotógrafo para cambiar de pose, pero solo lo hace para estirar los brazos mientras imagesbosteza. El hijo de Will Smith y Jada Pinkett Smith, el mismo que debutó en el cine a los 8 años y publicó su primer single a los 14, es uno de los nombres llamados a dominar la industria del entretenimiento en las próximas décadas. Es el chico que podría ayudar a cambiar las reglas del género en la moda; el postadolescente que dice disfrutar construyendo cosas con sus propias manos (su cama, muebles o una pirámide de tres metros a semejanza de la de Guiza); el casi adulto, a unos días de cumplir los 18, que tiene planes tan megalómanos —»quiero sanar al mundo entero como haría un superhéroe», afirmó a la revista Time en 2015— que haría ruborizar al desmedido Kanye West. Ahora mismo, sin embargo, simplemente está aburrido.

Frente a él, Baz Luhrmann, el director de Romeo + Julieta,Moulin Rouge o El gran Gastby, ofrece una ronda de agua con gas. «¿Jaden, quieres?», pregunta, y obtiene un escueto «gracias, Baz». Sentados juntos, parecen una representación del viejo y nuevo Hollywood. El realizador, con su pelo blanco impecablemente cortado, se muestra solícito ante las tareas promocionales. Jaden, con una mata de finos dreadlocksasomando por debajo de su gorra, parece más interesado en otear una tarde londinense insólitamente soleada. Quizás prefiriese estar ahí afuera con su hermana Willow, a la que define como «mi versión femenina», y a la que se podía ver minutos antes salir del hotel con destino a algún sitio seguramente mucho más divertido.

Para probar a desperezarle, le preguntamos sobre su personaje en la serie, Marcus «Dizzee» Kipling, un joven grafitero que parece decidido a dejar su marca no solo sobre los trenes que atraviesan Nueva York, sino en todo el mundo. «¿Qué si me parezco en algo a él? Bueno, creo que tengo muchas cosas en común, pero también otras que no», responde enigmático, con cara de esfinge. Pero alguien que lee libros sobre Andy Warhol durante la cena familiar, recubre su chaleco vaquero con chapas y no le importa que su hermano en la ficción le llame «rarito», en algo debe parecerse a él, ¿no?. «Bueno, sí», concede. «Es un personaje que no tiene ningún miedo a nada, ni a lo que le diga la gente. Eso es algo que, definitivamente, tengo en común con él, y es lo que originalmente me atrajo del papel».

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