XL SEMANAL.- A noche, cuando por fin se durmió, con el aliento del asesino pegado a su oído, Geeta volvió a tener el sueño del espejo. En él, Geeta se halla en una cabaña. Se acerca poco a poco a un espejo para ver su rostro. Levanta la cabeza, abre los ojos y entonces ve que, debajo de su pelo, donde debería estar su cara, no hay nada. Solo un agujero negro. En ese punto del sueño siempre le invade el pánico. Unas manos se ciernen sobre su garganta, aprietan, y solo cuando Geeta siente que se asfixia, cuando todo da vueltas a su alrededor, descubre a quién pertenecen. Y se despierta aterrorizada.

El señor Mahor caminaba borracho. En la mano llevaba una mezcla de limpiador de retretes y ácido sulfúrico. El líquido devoró sus rostros
Siempre necesita unos segundos para calmarse, dice, porque en esas noches lo revive todo: el dolor, el ácido, la hija muerta. Se queda tendida en la cama, con el corazón palpitante, mirando la silueta oscura que duerme a su lado. «En esos momentos lo odio», dice Geeta.

A veces, se propone salir de casa a hurtadillas en plena noche y coger una piedra, la más grande que pueda encontrar. Pero eso tampoco mejoraría las cosas. En la India, una mujer necesita un marido. Aunque sea uno como el suyo.

Esta mañana, Geeta se ha enrollado un sari verde en torno a su cara cubierta de cicatrices, que inundan el 30 por ciento del resto de su cuerpo. Mientras habla, sus ojos miran a su hija. Se llama Neetu y tiene 28 años. Es una figura menuda, una personita a la que le gusta cantar. El ácido que su padre le arrojó devoró su rostro: párpados, nariz, labios. Y se quedó ciega. Cuando Neetu era pequeña, los niños no querían jugar con ella. Le tiraban piedras, le gritaban «monstruo».

Solo sobrevivió una de ellas, Neetu. La madre lo odia, pero su hija dice que, a pesar de todo, lo quiere
Y cuando se sentaba en el patio para cenar, los chavales le quitaban el plato y Neetu removía el tenedor sobre la nada. La vergüenza hizo que durante años no se atreviera a salir de casa, dice Geeta. La gente la trataba como si fuese una leprosa. «Como si nosotras fuéramos las culpables y no las víctimas».

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