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“La derrota es huérfana; la victoria tiene muchos padres”, reza un refrán popular.

Y tal vez no haya palabras más elocuentes para describir el momento actual de la política en México.

En pasados días, se dieron a conocer los resultados de un sondeo de opinión que demostraron que, a pesar de la polémica que le ha acompañado desde la elección del pasado mes de julio, la popularidad del presidente electo Andrés Manuel López Obrador no sólo sigue intacta: va en aumento.

Y es que en números redondos, el estudio dado a conocer por el Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE) señala que, previo a la consulta sobre el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México (NAICM), la popularidad de el Presidente electo rondaba los 68 puntos de aceptación, y que tras la celebración del controvertido ejercicio de auscultación, ésta se disparó aun más, hasta llegar al 78%.

Es cierto; los 30 millones de votos que llevaron al tabasqueño a la primera magistratura del país representan un capital político del que ningún otro mandatario ha podido disponer en la historia reciente del país; tomando en cuenta que las dos pasadas contiendas presidenciales se resolvieron por un escaso margen y bajo severos cuestionamientos a su legalidad. La mayoría fue contundente, aunque haya quienes insistan en señalar que es técnicamente una primera minoría , en un país con casi 90 millones de ciudadanos inscritos en el padrón electoral.

Bajo este escenario, y aunque parezca prematuro considerarlo, habría que pensar en el titánico trabajo que representará para las fuerzas políticas antagonistas al nuevo régimen, primero, generar un contrapeso en el desarrollo de la vida política nacional en el próximo sexenio, y segundo, pero no menos importante, construir una plataforma que les permita competir con posibilidades reales de éxito para recuperar el poder en 2024.

Los indicadores lo demuestran en forma contundente: AMLO sigue en campaña. El PRI y el PAN, sus principales oponentes, quedaron reducidos a su mínima expresión, y no se ve fácil que puedan recomponer su andamiaje para el siguiente proceso electoral intermedio.

El PRI dejará el poder probablemente en la peor crisis de su historia. A diferencia de la elección del 2000, cuando un envalentonado Vicente Fox “lo sacó a patadas de Los Pinos”, no contará con una numerosa representación en las cámaras de diputados y senadores y ha disminuido dramáticamente su presencia en estados y municipios. Y aunque conserva 12 gubernaturas, la mitad de ellas concluirán su periodo durante el mandato de López Obrador, sin que se vislumbren posibilidades de refrendo. Sólo el Estado de México sigue siendo su verdadero bastión político.

A pesar de haber refrendado su triunfo en Guanajuato y haberle arrebatado Yucatán al PRI, el panorama político para el PAN tampoco es sencillo. Las divisiones internas siguen aflorando en el blanquiazul, al grado que el propio ex presidente Felipe Calderón anunció en pasados días su renuncia oficial al partido que lo llevó al poder en 2006, y anticipó la posible creación de un nuevo instituto político. El PAN se debate internamente entre los cuadros de la vieja escuela, más apegados a la derecha tradicional, y una nueva clase política pragmática y arribista, que no ha terminado aún de consolidarse.

El reto de la nueva dirigencia nacional panista, encabezada por Marko Valdés será demostrar que la actual crisis es sólo un escenario temporal y que podrán recuperar terreno en los siguientes procesos.

A pesar de que los números dicten lo contrario, la cuesta  arriba más complicada de remontar pareciera ser para el PRD. El ex partido de López Obrador no ha podido superar el boquete que le generó el surgimiento de Morena, y perdió su principal bastión y fuente de ingresos: el gobierno de la Ciudad de México y la mayor parte de sus delegaciones, ahora alcaldías.

Sin liderazgos fuertes, el partido del sol azteca se eclipsa al punto de que pocos avizoran su sobrevivencia más allá de la próxima elección intermedia.

Hay quienes consideran que la actitud beligerante del presidente electo se debe al hecho de que pasó varios años actuando como un abierto opositor al sistema, condición que le permitió sin duda alcanzar un nivel de liderazgo que sirvió de base para consolidar su triunfo electoral, como es sabido, merced a su habilidad para capitalizar el profundo descontento social contra los gobiernos del PRI y el PAN.

Ahora el reto para AMLO será operar desde el poder sin perder legitimidad ante su amplia base de seguidores. Y por ello será interesante ver cómo será su comportamiento desde el Ejecutivo Federal. El argumento de erigirse en víctima de lo que el llama “la mafia del poder” podría ser contradictorio por parte de quien en breve ocupará la más importante posición política en México.

A los integrantes de la nueva oposición les corresponderá, si aspiran a seguir en el escenario político, construir una agenda que les permita ser un contrapeso inteligente a la aplastante mayoría obtenida por Morena y sus aliados. Tendrán que hacer labor, ante la sociedad y ante los medios de comunicación para encontrar y consolidar espacios para su posicionamiento ante las acciones y propuestas del nuevo gobierno, y deben hacerlo con responsabilidad y argumentos, o de lo contrario, se verán limitados a ejercer el vulgarmente denominado “derecho de pataleo”.

Aunque el tema pareciera ser, insisto, muy prematuro, ya que el nuevo gobierno federal apenas tomará posesión en diciembre próximo, habría que considerar de igual manera que, en cuanto AMLO asuma el poder, de inmediato iniciará la carrera por la sucesión en 2024.

Cuando un mandatario con gran popularidad es capaz de administrar el llamado “bono democrático”, genera de manera natural un impulso que permite a su partido y candidatos seguir capitalizando triunfos.  Y es lógico que para dar viabilidad a su proyecto político, AMLO tratará de refrendar el poder por lo menos un mandato más, ya sea a través de un candidato de su elección o bien, como se ha especulado en algunos círculos de opinión, construyendo las bases legales y políticas que hagan que la reelección presidencial sea una realidad en México.

Y naturalmente, el reto mayúsculo para la nueva oposición será construir uno o varios liderazgos con el arraigo y la credibilidad necesaria para dar la pelea en 2024.

Y para la sociedad en general, el desafío es mantener un nivel de participación y vigilancia que obligue a nuestro sistema partidista a evolucionar en un sentido positivo.

A México le conviene una oposición fuerte e inteligente que funcione como un contrapeso eficaz del poder.

Porque de lo contrario, seguiremos tolerando un sistema generador de partidos chatarra, con campañas desechables y candidatos dignos de ser lanzados a la basura. Y en eso, usted, yo y todos tenemos parte.

Al tiempo.