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  De cómo el autor caminó sin tecnología

Estamos tan acostumbrados a la tecnología que muchas veces me pregunté cómo sería volver a vivir sin teléfonos celulares y acceso a la internet, como lo hice durante mi niñez.

Un viaje, a trechos en auto, a caballo, a pie rumbo al Santuario El Chorrito, me permitió acercarme a la naturaleza, levantar mi espíritu y explorar cómo es la vida desenchufados.

Comprobé que me seduce la idea de llevar una existencia más sencilla, pero al mismo tiempo me di cuenta de que vivir totalmente desconectado es casi imposible. Y que la osadía de no llevar siquiera un reloj puede causar ansiedad, inseguridad, temor y una sensación de marginación.

El camino es una serie de rutas de senderismo que convergen en la carretera Victoria, Monterrey, El Barretal e Hidalgo, en el Centro-Poniente de Tamaulipas, en un punto muy socorrido por creyentes y paseantes, donde incluso se cree que un aristrócrata de Tampico llevó en una urna un pedazo de manta que perteneció a Santa Teresa.

Aun con la inseguridad que impera en los últimos años, decenas de miles de turistas de todo el país, y de Texas, recorren anualmente estas rutas, algunos por razones espirituales, otros por deporte o turismo.

Yo opté por seguir el Camino de La Chona, ruta poco conocida.

Así que dejé mi celular personal y el nextel en casa. Me fui a Victoria, convertí el Hotel Las Fuentes en centro de mis operaciones. Esto fue en vacaciones de primavera.

En la Central de Victoria fui a un cyber, respondí algunos mensajes. De inmediato me sentí mal. Pensé que nunca podría desconectarme. Después no volví a conectarme sino hasta el final del viaje.

Inicié mi viaje con mi amigo entrañable ALEJANDRO BAUTISTA DELGADO, que radica en González.

Los primeros días fueron los más difíciles porque sentía que me faltaba algo en la mano. Estoy acostumbrado a leer cinco veces al día mis mensajes de correo y noticias en el celular, así que sentía ansiedad e inseguridad al no tener mi celular conmigo.

En los restaurantes, todos se conectaban y yo me sentía aislado. Conforme fueron pasando los días, sin embargo, me fui sintiendo más cómodo.

Como mi amigo estaba muy metido en su celular y me comentaba lo que pasaba en las redes sociales, decidimos separarnos y todo funcionó bien para ambos.

En los albergues me levantaba al ruido de otros peregrinos preparándose para salir. Algunos peregrinos que conocí me pedían como amigos en Facebook y me prestaban sus celulares para que los aceptara. Para no ser descortés, lo hacía y les devolvía el celular.

Pero lo que más añoraba era poder conectarme para saludar a mis familiares y amigos.

También deseaba tener mi celular para ver las reseñas de los albergues y escoger el mejor. A falta de internet, preguntaba todo a los peregrinos o residentes del área: ¿qué hora es?, ¿cree que va a llover? ¿metió gol Messi?

Aunque no llevé cámara fotográfica, no pude resistir la tentación de tomar fotos con celulares de amigos junto naranjos, anonas y los girasoles que florecían a lo largo de la ruta, entre los pueblos de casas de piedras y carrizo, y campanarios de iglesias remotas. Tampoco pude rehusarme a que me tomasen fotos.

La televisión no fue un problema porque la mayoría de los albergues no tenían televisores. Y cuando veía televisores prendidos, simplemente los ignoraba. Resistí sin problemas la tentación de conectarme a una computadora cuando aparecía una.

Tuve un poco de miedo en Santa Engracia, una madrugada que me quedé afuera de mi albergue por más de tres horas, y las veces que caminé tramos largos sin nadie a mi alrededor.

Temía lastimarme, o que me lastimaran y no tener a nadie que me socorriera. Afortunadamente nada pasó. Sólo escuché aullidos de coyotes y gruñidos de osos y gatos rabones.

En caso de emergencia solo tenía un silbato y mis bastones de senderismo. Compré una guía de ejidos y rancherías, de montañas y lomas, que me hizo sentir un poco más seguro, especialmente después de saber que en este año varias personas “de otros lados han desparecido”, no…no hay denuncias de ello.

Mi deseo de no sentirme solo al final de la ruta pudo más que las ganas de desconectarme y luego de 14 días me conecté a Facebook en Villagrán, para encontrarme con un par de conocidos que estaban en la zona y quise caminar caminar con ellos.

Los planes cambiaron y dos días después corrí los últimos 20 kilómetros sin mochila para completar la ruta de casi 100 kilómetros.

 

A simple vista, el mayor desafío parece ser el esfuerzo físico. Soy donante de riñón, hígado, ojos, tengo algo de colesterol, alta presión, pasé  sustos por una leve arritmia cardiaca y terminé con ampollas y una tendinitis terrible en la pierna izquierda. En realidad, lo más duro fue desconectarme.

La “ruta religiosa” me ayudó a comprender o recordar lecciones de vida que tenía casi olvidadas. Por ejemplo, ahora sé que un vaso medio vacío puede ser presagio de júbilo. Esto lo comprendí en La Florida, municipio de Hidalgo, donde siete mujeres que lavaban en un riachuelo me hicieron retorcer a carcajadas hasta que se me fueron todas las penas.

Escuchar redoblar las campanas, llenarme los ojos de un horizonte verde y remojar mis pies en las fuentes me ayudaron a recordar mi herencia prehispánica. Qué hermoso es el Tamaulipas rural. Aunque estpé herido y viva en condiciones deplorables, Tamaulipas respira y late.

 

Aunque no pude desconectarme totalmente, fui feliz y logré la armonía que buscaba. Ahora he notado que soy más paciente, enfrento situaciones difíciles con más calma y hasta he adoptado el sobrenombre que me regalaron mis amigos: “El perdido”.

¿Volvería a desconectarme? No lo sé. Mi desafío ahora es seguir viviendo como en el camino a El Chorrito, amando al prójimo, llevando una vida sencilla y viviendo con el corazón al sol.

 

archivillegas@hotmail.com

 

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