dimeloenlacalle

A Sebastián Rulli, Rey del Mar de Matamoros, le paso lo mismo que a tanto político que dice que nos quiere, que nos adora, que da su vida por nosotros, pero que nada más termina su horario laboral, pone pies de polvorosa para cruzar el Río Bravo y entonces si a disfrutar en el lado americano.

Para los que dudaban que argentino era buen actor, ahí esta de muestra lo que pasó el sábado 19 en que estrenó su reinado: dijo que amaba a Matamoros, que el azul de su playa lo hacía sentir vivo, se canso de aventar besos a las admiradoras enardecidas y cuando más le estábamos creyendo la película, puso distancia de por medio para irse a cenar a «Gabrielas» un exclusivo restaurante de la Isla del Padre.

No se trata de satanizar a nadie ni tampoco de culpar al primer soberano playero por cambiar los ticuruchos de la Costa Azul por la iluminada bahía de SPI -como le dicen los pudientes-, ni por preferir langosta -eso me dicen que ceno- a los ostiones bañados con sal y limón que se vendieron como pan caliente en el balneario, pero sí llama la atención que después de pasearse por la Playa, de agradecer la hospitalidad de la alcaldesa Leticia Salazar y decirse conquistado por la gente de Matamoros, Sebastian le perdiera el amor a su trono, para irse  de botepronto al sur de Texas, a gastarse los honorarios que cobró por ser soberano de unas horas en nuestro máximo paseo turístico.

Lo que hizo su majestad Rulli me recuerda a los ex alcaldes de Matamoros, desde un Alfonso Sánchez Garza que terminaba su turno como presidente municipal con todo y guardias cruzaba por el Puente Viejo, pasando por Erick Silva Santos que culminado su trienio a punta de comprar acres y acres consiguió visa de inversionista, sin olvidar a Baltazar Hinojosa Ochoa, ese si ciudadano americano al 100%, con tanto arraigo en el sur de Texas que su esposa Marcela Ronquillo tiene varios años como directora en el Museo de Brownsville.

Pero mientras lo que en el Rey del Mar puede ser considerado una falta de tacto, mira que cobrar aquí y gastar allá, en los políticos mexicanos representa una deslealtad total, una profunda falta de respeto para ciudadanos que pagan sus salarios y a los que llegada la noche y los fines de semana desconocen, para con el pretexto de la inseguridad, buscar refugio en sus residencias tipo americano.

Pero a diferencia del argentino Rulli que se alquiló por unas horas como el rey de ensueño que dio un  toque diferente a la Semana Santa, los políticos que cobran en Matamoros y viven en Texas, pecan mucho más, para empezar de mentirosos porque a la hora de las campañas presentan cartas de residencia de domicilios ajenos ya sea de suegras, tías y hasta abuelitas, y en segundo lugar, porque con sus inversiones y «billes» -recibos por pagar- en dólares, difícilmente podrían sentirse sensibilizados ante los problemas de los que si vivimos de este lado del Río Bravo.

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