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La verdad es lo importante…

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Perdón por la tristeza


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Era una mesa larga y yo en voz alta me queje del clima extremo de Matamoros, 36 grados a la sombra, que infernal situación. Desde el otro lado, una voz grave me contesto:

“Eso no es nada, en Culiacán tenemos 46”.

No conocía al interlocutor, pero de hecho no conocía a nadie, era mi primera reunión con los corresponsales de La Jornada, corría el año 2005 y yo como reportera novata, seguía algunas conversaciones, en la de la violencia salieron los saldos de Tamaulipas y manifesté mi sorpresa por la historia de seis custodios muertos en la frontera.

“Eso no es nada, en Sinaloa matan de a siete pa´ arriba”.

Las carcajadas estallaron y fue entonces cuando me encontré de frente con la mirada retadora y burlona de Javier Valdez Cárdenas, el reportero estrella, el cronista de Sinaloa, que no disimulo sus ganas de saber que era lo que traía la nueva en el morral. Desde entonces me declare su fan.

Acido al extremo, valiente sin tregua, escritor puntiagudo, Javier era todo eso y más, era… lo asesinaron a tiros el mediodía de este lunes, cuando se acercaba a su adorado Semanario Riodoce en Culiacán, Sinaloa.

Sin poder reponernos del brutal asesinato de Miroslava Breach, corresponsal de La Jornada en Chihuahua, mujer cabal y honesta, los integrantes todos de este gremio castigado, pero especialmente  los colaboradores de ese gran diario,  sentimos un nuevo desgarre en el corazón:

Mataron a Javier, pero también mataron un poco de todos nosotros, esa parte que se sentía grande y orgullosa cada que publicaba un libro, cada que recibía un premio, cada que nos pedía rolar la Malayerba, su columna descarnada.

Lo recuerdo en encuentros posteriores a ese 2005, dedicado y dichacharachero, generoso al extremo,  preparando un nuevo libro, siempre incisivo, arma letal, diría Panchito el de La Capilla, que aun con sus triunfos editoriales con libros como Miss Narco, Los Morros del Narco y  Con una granada en la boca, entre otros, seguía siendo un ejemplo de reportero, de esos que no se callan, que no le tienen miedo a las balas.

Por eso, hoy el verlo así, tumbado boca abajo, despojado de su sombrero, abatido por las balas en el asfalto de su amado Culiacán, contengo la respiración y pienso en que momento se fue todo al carajo?, En que país vivimos que decir la verdad, como lo hacía Javier, es una sentencia de muerte?

Pobre de ti  Javier.

Pobres de nosotros.

Perdón por la tristeza.

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